En este camino interior, en esta maduración de un nuevo proyecto de
vida, viviendo también el camino exterior, el hijo más joven se dispone a volver
para recomenzar su vida, porque ya ha comprendido que había emprendido el camino
equivocado. Se dice a sí mismo: debo volver a empezar con otro concepto, debo
recomenzar.
Y llega a la casa del padre, que le dejó su libertad para darle la
posibilidad de comprender interiormente lo que significa vivir, y lo que
significa no vivir. El padre, con todo su amor, lo abraza, le ofrece una fiesta,
y la vida puede comenzar de nuevo partiendo de esta fiesta. El hijo comprende
que precisamente el trabajo, la humildad, la disciplina de cada día crea la
verdadera fiesta y la verdadera libertad. Así, vuelve a casa interiormente
madurado y purificado: ha comprendido lo que significa vivir.
Ciertamente, en el futuro su vida tampoco será fácil, las tentaciones
volverán, pero él ya es plenamente consciente de que una vida sin Dios no
funciona: falta lo esencial, falta la luz, falta el porqué, falta el gran
sentido de ser hombre. Ha comprendido que sólo podemos conocer a Dios por su
Palabra. Los cristianos podemos añadir que sabemos quién es Dios gracias a
Jesús, en el que se nos ha mostrado realmente el rostro de Dios.
El joven comprende que los mandamientos de Dios no son obstáculos
para la libertad y para una vida bella, sino que son las señales que indican el
camino que hay que recorrer para encontrar la vida. Comprende que también el
trabajo, la disciplina, vivir no para sí mismo sino para los demás, alarga la
vida. Y precisamente este esfuerzo de comprometerse en el trabajo da profundidad
a la vida, porque al final se experimenta la satisfacción de haber contribuido a
hacer crecer este mundo, que llega a ser más libre y más completo.
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