Rufo era perro vagabundo, pero con dueño. Su dueño era la
ciudad de Oviedo, donde llegó a ser conocido y respetado hasta por las más
altas instancias de la ciudad.
Se costeó la escultura a través de una suscripción popular promovida por la Asociación Amigos de Rufo.
Rufo no tenía pedigrí. Era un cruce de mastín y pastor
alemán que vivió en Oviedo entre los años 80 y 90. Formaba parte del paisaje y
del paisanaje de la ciudad. Era un perro vagabundo, pero con dueño. Su dueño
era la ciudad de Oviedo. Si, aunque resulte contradictorio, Rufo vivía en la
calle amparado, protegido y alimentado por todos los ovetenses. Era de todos y
no era de nadie. Cariño y comida nunca le faltaron. Sabía muy bien como
resguardarse del frío en invierno en los portales calientes de la ciudad.
El Ayuntamiento se encargaba de vacunarle, desparasitarle
y darle un buen baño. Cuando se terminaba de «acicalar» era puesto nuevamente
en libertad. Como cualquier otro ciudadano.
El Fontán, la Escandalera, el Campo de San Francisco, la Plaza de la Catedral… eran los lugares que conformaban el hogar de Rufo. En ellos vivió casi siempre en libertad. Digo casi siempre porque, en una ocasión, Rufo fue capturado y llevado a la perrera municipal. Fue tal el revuelo y el enfado de los ovetenses por su captura, que incluso se realizó una manifestación por las calles de la capital para exigir su puesta en libertad y su regreso con los suyos. Con todos nosotros. Seguir
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